Exportar la cultura y otros vicios modernos

Exportar la cultura y otros vicios modernos

Estos días me acordé de mi vieja cuenta de we heart it, hace algunos años después de que fuera mi red social favorita y algunos meses antes que lo cerraran, la abrí de nuevo y me puse a ver su contenido. Prácticamente todos mis likes provenían de cuentas que hacían referencia a la cultura estadounidense o europea. Recuerdo una época en que todas las aspiraciones que una chica podría tener venían de allí: la exaltación por la época otoñal, las canciones que hablan sobre ser joven en Los Ángeles, las cabinas de teléfono británicas. Los referente que veíamos en redes, de cuando los más grandes influencers apenas llegaban llegaban al millón de seguidores, todos compartían sus orígenes dentro de estos países. 

Yo personalmente me moría por tener casilleros en mi colegio como los de las películas o poderse colocar ropa como ellos, pero mi mama 100% latina caribeña definitivamente no entendía porque me quería colocar falda con pantalón de jean además de una camisa de varias capas en el calor del caribe, y como le explicaba yo que solo quería ser una chica Disney. Quizás algunas partes de las ciudades capitales era más fácil replicar estas cosas por el clima o porque hay una concepción más globalizada de la moda, pero para la mayoría de los jóvenes de otras partes del país en diferentes contextos era simplemente imposible seguir los referentes aspiracionales de la época.

Hubo un momento en que queríamos parecernos a todo lo que no éramos. Las referencias venían de Nueva York, París o Londres, y nos vestíamos, hablábamos y creábamos ignorando completamente nuestros propios contextos.

Sinceramente no sé desde qué momento exacto empezamos a girar nuestro rostro a lo que tenemos enfrente pero terminó siendo tanto algo positivo como negativo. No creo que haya empezado desde el interior, tampoco creo que sea una ruptura en la concepción que como latinoamericanos tenemos del tercer mundo, porque al final hasta la fecha la mayoría de las personas siguen pensando en ideas eurocéntricas de la belleza, el status y la moda.

Creo que podríamos culpar al contexto en el que vivimos como que el internet dejó de ser aspiracional y se volvió horizontal. Ya no funciona como una pirámide donde unos pocos centros deciden qué vale y el resto solo consume e imita. Ahora es más como una red: hay muchos puntos creando al mismo tiempo, desde cualquier lugar de latinoamérica, y todos pueden circular y competir por atención. Gracias a redes como tiktok cualquier persona en cualquier contexto puede volverse viral, no es necesario tener muchos seguidores para que uno de tus videos tenga miles y millones de vistas.

Antes, como la visibilidad estaba concentrada en esos centros, lo que venía de ahí parecía automáticamente mejor o más legítimo. Pero al volverse horizontal, empiezas a ver talento, estética y discurso desde muchos lugares distintos. Eso hace que la validación deje de venir solo “de afuera” y empiece a construirse también desde lo local.

También, podemos apuntar este cambio a que progresivamente se creó una saturación de lo global, fue inevitable porque la repetición al final solo desgasta la atención de los consumidores. Durante años consumimos las mismas referencias, las mismas siluetas, los mismos códigos estéticos replicados hasta que todo empezó a verse igual: el mismo outfit, él mismo mood, el mismo feed perfectamente curado. También de ahí nace que los feed de instagram dejaran de verse perfectamente planeado y empezamos a ver fotos borrosas, dumps y a salir de los espacios “estéticamente limpios”. Esa repetición generó algo clave: aburrimiento. Y en ese desgaste, lo local dejó de percibirse como “atrasado” o “poco atractivo” y empezó a sentirse distinto, inesperado, incluso refrescante. No porque cambiará en esencia, sino porque el ojo se cansó de ver siempre lo mismo y empezó a buscar algo que todavía no estuviera completamente procesado.

Las tiendas de barrio siempre estuvieron ahí, las calle siempre estuvieron ahí, tu grafitero local ya había pintado ese diseño hace años, la música ya estaba ahí antes de que la empezaras a mezclar para tener su “renacimiento”. Pero nadie se había detenido a ver, hasta que lo nuestro que siempre estuvo ahí se volvió lo nuevo. De repente, lo “nuestro” empezó a verse cool y la palabra identidad dejó de sonar pesada y empezó a cotizarse.

Y a partir de ahí nace mi siguiente punto, la identidad se volvió capital cultural. Como explica, Pierre Bourdieu, cómo te expresas y qué referencias manejas te otorga valor social. Tus gustos, tus conocimientos, la música que escuchas, las películas que ves, como te vistes, tan solo si sabes o no cual es la fucking vibra. Antes, gran parte del capital cultural estaba centrado en entender y consumir referencias norteamericanas o eurocentradas. Conocer diseñadores de París o escenas de Nueva York te daba estatus, porque eran los centros que validaban qué era “buen gusto”. No era solo preferencia, era jerarquía: lo de afuera se percibía como más sofisticado, más avanzado, más digno de ser replicado. Ahora, tener referencias sobre marcas locales, cine local y música local tiene un peso simbólico casi igual.

Es un hecho que el mapa cultural se re configuro, ahora vemos y apreciamos cosas dentro de nuestra cultura que antes no hacíamos. Creadoras y creadores de contenido nacionales exponen y promocionan marcas locales siempre a la búsqueda de piezas e ideas más creativas llenas de originalidad o contexto; con la música vemos referentes muy importantes como Juliana, Aria vega, Beele, Karol G tomando la colombianidad, la cultura caribe y la cultura latinoamericana para hacer marca, referentes amados que al final abren el espectro para las personas de afuera a conocer de nuestra cultura. 

Eso ha hecho que, en general, el mundo empiece a mirar hacia nosotros, no como una periferia que imita, sino como un lugar que propone. La colombianidad deja de ser un detalle folclórico y se convierte en lenguaje, en estética, en identidad exportable.

Pero esa mirada también transforma lo que somos.

Cuando lo local empieza a circular globalmente, entra en un proceso de traducción: se adapta, se estiliza, se vuelve más digerible para otros ojos. Y ahí es cuando me pregunto:

¿hasta qué punto seguimos creando desde la raíz, y en qué momento empezamos a crear para ser entendidos desde afuera?

Porque ahora lo autóctono también es tendencia. Se estiliza, se edita, se empaqueta. Se vuelve contenido. Porque no es lo mismo habitar la identidad, que usarla.

El cambio no solo abre espacio para nuevas narrativas, también redefine qué significa “ser auténtico”. Lo autóctono empezó a operar como un recurso: algo que se selecciona, se edita y se pone en circulación con intención. Ya no es solo identidad, es posicionamiento. Y ahí la línea se vuelve borrosa: ¿estamos expresando lo que somos o optimizando lo que somos para ser vistos? Porque cuando la raíz entra en lógica de visibilidad, corre el riesgo de convertirse en estética; y cuando se vuelve estética, puede empezar a responder más a lo que funciona que a lo que realmente nos pertenece.

No estoy en contra de que el folclor se reconfigure y se transforme; al final, así es como nacen y evolucionan las culturas. Mi preocupación empieza cuando perdemos conciencia de ese proceso y todo se reduce a otro material listo para empaquetar y exportar. La cultura no necesita traducirse para ser válida: es lo que es. Y en un mundo donde cualquiera puede acceder a ella desde su casa, no tendría por qué volverse más digerible para quien no la entiende, por mí se pueden atragantar. No necesita volverse glam ni lujosa para recibir aprobación, ni alejarse del barrio para parecer más estética. La cultura no necesita suavizarse para encajar; necesita reconocerse, circular y sostenerse con todo el peso, la complejidad y el orgullo que le pertenecen.

La cultura que se exporta es, en el fondo, una versión reducida de lo que pretende representar. Toma algo vivo, complejo y muchas veces contradictorio, y lo convierte en un producto claro, vendible y fácil de consumir. En ese proceso, se pierden matices y se dejan por fuera las que incomodan. En el mundo capitalista la cultura es una cuestión estética, es una lógica de mercado aplicada a la identidad dejando de ser experiencia para convertirse en contenido; deja de ser algo que se habita para volverse algo que se presenta. 

Y tal vez el problema no es que la cultura viaje, ni que se transforme, ni siquiera que se comparta. El problema es cuando en ese proceso dejamos de reconocernos en lo que mostramos. Cuando empezamos a pulir tanto la identidad que ya no incomoda, que ya no contradice, que ya no dice nada. Porque si todo lo que somos cabe perfectamente en una narrativa exportable, entonces quizás ya no es lo que somos.

Creo igual que esta vuelta a lo autóctono puede ser una pequeña fisura en el bloque de hielo que es la conexión con nuestra historia y lo que somos, pero que no se termine volviendo en la inspiración del tablero de Pinterest de alguien. 

Por: stargirl 

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