¿Qué m*erda significa ser mujer?
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Subieron El Cuento de la Criada en Netflix, Tokisha sacó un nuevo álbum llamado Amor y Droga, empecé a escuchar el podcast de Las Menopáusicas y me hice algunas preguntas. ¿Qué es lo que nos mete en la categoría de mujeres? ¿Es acaso la vagina? ¿Es nuestra capacidad de dar vida y ser fértiles? ¿Es la sensualidad? ¿Es la feminidad? ¿Ser mujer es un sentimiento o un instinto? Y cuando ya sabe una que es mujer ¿solo hay dos formas de vivir ser mujer: putas y vírgenes?
Creo que simplemente había dado por hecho ser mujer, porque nací con todas las características que tradicionalmente se conforman como mujer ante la sociedad, mi documento de identidad dice que soy mujer, pero nunca me había detenido a pensar quién escribió realmente esa definición y en todos los límites que vienen con ella.

Porque muchas de las reglas de lo que significa “ser mujer” ni siquiera fueron hechas por mujeres. La feminidad que conocemos —la delicadeza, la maternidad obligatoria, la idea de pureza, la belleza como deber, el cuerpo como objeto deseable— fue construida históricamente desde miradas externas. Miradas políticas, religiosas, médicas, masculinas. Como si ser mujer siempre hubiera sido algo observado antes que vivido.
Pero ¿qué pasa cuando una mujer no quiere maternar? ¿cuando no es femenina? ¿cuando no quiere gustar? ¿cuándo envejece? ¿cuando su cuerpo deja de ser fértil? ¿deja de ser mujer por incumplir la función que la sociedad esperaba de ella? Ahí entendí que ser mujer probablemente existe mucho más allá de la utilidad que históricamente nos asignaron.

Tal vez por eso me cuesta encontrar una definición concreta. Porque quizás nunca hubo una sola manera de ser mujer, solo una larga lista de expectativas intentando convertirnos en algo entendible y útil.
Y viendo El Cuento de la Criada entendí algo que me incomodó todavía más: en Gilead las mujeres no dejan de existir como personas, pero sí dejan de pertenecerse a sí mismas. Su valor se reduce a la función que pueden cumplir. Y aunque la serie parece una distopía extrema, hay algo inquietante en reconocer que muchas veces nuestra realidad tampoco nos enseñó a ver a las mujeres más allá de lo que producen para otros.
Porque incluso fuera de Gilead seguimos creciendo con la idea de que el cuerpo femenino tiene que justificar su existencia constantemente. Ser suficientemente bonita, suficientemente deseable, suficientemente maternal, suficientemente joven. Como si ser mujer siempre viniera acompañado de una utilidad social.

Y entonces me pregunté: ¿qué pasa cuando una mujer deja de ser fértil? ¿Qué pasa cuando llega la menopausia, el cuerpo cambia, el deseo baja y ya no existe la posibilidad de dar vida? Bajo muchas de las reglas con las que crecimos pareciera que ahí también se acaba algo de nuestro valor. Como si la sociedad hubiera construido la idea de mujer alrededor de qué tan deseables, fértiles o útiles somos para otros.
Y eso me parece aterrador, porque significa que muchas veces no se nos enseñó a existir por nosotras mismas sino por lo que podíamos ofrecer: juventud, belleza, cuidado, maternidad, sexo, contención emocional.
¿Y entonces qué queda para nosotras cuando ya no podemos o no queremos cumplir ese papel?
No puede ser que esta sea nuestra posibilidad más honesta de existir como mujeres dentro de la utilidad que nos inculca la sociedad. Es una versión de nosotras que no a todas nos enseñaron a imaginar.

Y aun cuando somos jóvenes pareciera que tampoco existieran demasiadas opciones para nosotras. Desde muy temprano aprendemos que las mujeres son clasificadas entre dos extremos: la virgen y la puta. Alguien con la que te casarías o alguien con quien solo estarías para el rato. Mujeres fáciles o mujeres difíciles. Como si la feminidad solo pudiera existir dentro de categorías más consumibles
Por eso Tokisha me parece tan interesante. Durante años construyó una imagen pública alrededor de ser “la perra”, “la puta”, apropiándose de palabras históricamente usadas para degradar mujeres y convirtiéndolas en poder y libertad. Y hay algo profundamente político en tener el control de nuestra sexualidad.
Pero viéndola hablar en su gira de medios de Amor y Droga, su último álbum, siento como si ahora buscara otro enfoque. No porque haya abandonado esa versión de sí misma ni porque ahora quiera convertirse en el extremo opuesto —la mujer sensible, pura, emocionalmente correcta— sino porque parece estar permitiéndose existir fuera de esos dos personajes.

Y creo que ahí está lo realmente difícil para las mujeres: aceptar que somos un espectro.
Que una mujer puede ser sexual y emocional. Puede disfrutar ser mirada sin que toda su existencia se reduzca a eso. Puede contradecirse. Puede no encajar completamente en ninguna categoría. Pero la sociedad casi siempre intenta simplificarnos, por eso nos convierten en arquetipos: la santa, la puta, la madre, la loca, la musa, la esposa. Personajes fáciles de entender desde afuera aunque ninguna mujer real viva únicamente dentro de uno solo.
Y en esto baso mi comparación entre El Cuento de la Criada y Amor y Droga. Porque ambos, desde lugares totalmente distintos, puedo hacer un símil de lo mucho que tenemos que huir de las casillas que nos han puesto como mujeres.
Mientras más intentaba encontrar una definición universal de “ser mujer”, más imposible me parecía hacerlo. Entonces pensé también en las mujeres trans. Porque si ser mujer fuera únicamente una cuestión biológica, ¿cómo se explica la experiencia de alguien que tuvo que luchar toda su vida para poder nombrarse como mujer incluso cuando el mundo insistía en negárselo?

Y si no podemos reducir solamente a los órganos reproductivos también podemos concluir que: hay mujeres que nunca podrán embarazarse y siguen siendo mujeres; hay mujeres que no menstrúan; hay mujeres que rechazan completamente la feminidad tradicional. Y también hay mujeres trans que construyen su relación con la feminidad desde un lugar consciente, político y emocional.
A este punto, sigo sin poder definir qué es “ser mujer” de una sola manera: porque no existe una experiencia femenina universal. Pero incluso con todas nuestras diferencias, muchas terminamos atravesadas por algo parecido: la presión de convertirnos en versiones aceptables de lo que se espera de una mujer y de dar todo el tiempo aplicaciones de lo que se es o no.
Y tal vez por eso nunca he logrado encontrar una definición concreta de “ser mujer”. Porque cada vez que creo acercarme a una respuesta, aparece otra experiencia femenina que rompe completamente la idea anterior. Y quizás eso no sea una contradicción sino precisamente el punto.

Tal vez ser mujer nunca fue una categoría fija sino una experiencia atravesada por el cuerpo, el deseo, la violencia, la identidad, la mirada ajena y la forma en la que aprendemos a habitar todo eso al mismo tiempo. Y quizás el verdadero problema no es que existan demasiadas maneras de ser mujer, sino que históricamente siempre han intentado reducirlas a unas pocas versiones más fáciles de controlar.