
La estética guarachera: performativa, transgresora y popular 💋
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No hay palabra que me guste más a mí que: performar.
Todos los días perforamos en esta sociedad, las relaciones que entablamos con nuestros compañeros de trabajo, con nuestros familiares, con nuestros amigos, en la calle y con múltiples esferas sociales más. Todos los días e incluso varias veces al día interpretamos los papeles que más nos son convenientes.
La primera vez que salí de fiesta fuera del espacio seguro de la sala de un amigo o del apartamento vacío de un compañero de universidad, sentí un poco de nervios a lo inesperado puesto que desconocía las dinámicas que formaban estos espacios y el papel que la gente interpretaba en ellos, entonces, la primera pregunta que le hice a mi amiga fue: ¿qué me pongo? Con el tiempo fui afortunada de poder deslizarme entre las diferentes escenas que predominaba en Bogotá. Pasé de los bares de reguetón en la Zona T a la escena techno de Kaputt y Radio Berlín; de los toques indies en espacios culturales a ser espectadora de una escena Ballroom muy fuerte feroz; también me sumergí en las fiestas guarachosas en edificios a medio construir, entre otros espacios.
Cada uno de estos espacios es un mundo aparte, con sus propias reglas de conducta y vestimenta.
Son rituales que siguen una narrativa: el inicio, la euforia, la catarsis, el amanecer. Y en cada uno, no importa quién seas fuera de la fiesta; lo que importa es el personaje que eliges ser esa noche. Ir de fiesta es más que salir a bailar: es una transformación, una entrada en escena.
Por eso la pregunta de “¿qué me pongo?” hoy en día es más fácil de responder y la respuesta sin duda es depende.
Ahora, el sociólogo Erving Goffman en su texto La presentación de la persona en la vida cotidiana comparaba a las interacciones sociales como un performance que los individuos adquiriremos en varios momentos de nuestras vidas y lo relaciona con la dramaturgia al relatar que aspectos como: el escenario, siendo calles, bares, filas, restaurantes, etc.; los actores, principales, antagónicos o coactores que al mismo tiempo son audiencia; e incluso la puesta en escena como los instrumentos y el propósito del performance son puntos claves para entender las interacciones que tenemos.
En consecuencia, estos rituales moldean nuestros comportamientos creando protocolos que a la vez crean símbolos que conforman nuestro universo mental y que replicamos una vez estos rituales vuelven a comenzar. A partir de esta realidad compartida creamos nuestro yo.
Entonces claro que esa sesión de mirarse al espejo y alistarse para salir sola o con amigas hace parte del backstage de tu puesta en escena. Parte importante del ese ritual que todos nos pusimos de acuerdo en participar es: la ropa. Ya no pregunto qué ponerme por inseguridad, sino porque cada salida es una oportunidad para jugar. Mi vestuario depende del papel que quiero interpretar.
Hoy quiero hablar precisamente de una por la que me estuve pasando estos días, donde los personajes más histriónicos de Bogotá parecen salir de sus escondites a zapatear toda la noche.
Hace poco me sumergí en una noche de sóbelo con restriéguelo, un territorio sin reglas, donde las personalidades más teatrales de Bogotá salen a brillar. A diferencia del techno, con su minimalismo pulcro, o del reguetón, con su sex appeal estudiado, la guaracha es un caos hermoso. No hay uniformidad, solo una explosión de colores, texturas y referencias que desafían el “buen gusto”. Aquí conviven el neón con lo retro, lo deportivo con lo extravagante, lo kitsch con lo descaradamente sexy, los tejidos en lana con las pieles falsas. No importa si es un conjunto deportivo de los 90, un enterizo de látex brillante o una camisa abierta hasta el ombligo: todo es válido mientras hagas parte del espectáculo.
La estética de la guaracha nace de la fusión entre la cultura popular colombiana y la explosión visual de la electrónica. Sus raíces vienen de los barrios populares, donde la fiesta pocas veces posee reglas y es contagiosamente enérgica. Cuando hablamos de la guaracha, estamos ante un espacio que permite una flexibilidad en cuanto a la identidad, con su caos y su energía desbordante, es como un escenario donde los límites entre lo personal y lo performático se desdibujan completamente.
Goffman ya nos decía que la vida social es un constante performance, donde nos presentamos de acuerdo a las expectativas de los demás o a lo que queremos mostrar de nosotros mismos. Pero en la guaracha, la cosa es más aguda: aquí no se trata únicamente de ser uno mismo, sino de ser lo más osado y teatral posible. Es un lugar donde la identidad no solo se adapta, sino que se construye, se deconstruye y se expande, todo en una misma noche. Estos la noche termina volviéndose una exploración identitaria. Aquí, puedes ser la versión más divertida, controvertida, sexy, exótica o provocadora de ti mismo, y al mismo tiempo, ser completamente libre de las consecuencias que eso podría tener en otros espacios más normativos.
Me parece que es igualmente importante destacar el aspecto queer en la guaracha dado que es muy poco probable que se desarrollara como es en el presente sin la intervención de personajes como Luna Gil y el colectivo musical La Putivuelta. Es crucial para entender cómo este espacio rompe con los moldes tradicionales de género, identidad y expresión. La guaracha no es solo un lugar de desinhibición; es un refugio donde se exploran y celebran las identidades no normativas, aquellas que escapan a las categorías tradicionales de masculino y femenino. Las prendas, los gestos, las actitudes se convierten en declaraciones de identidad flexible y fluida. Y al hacerlo, se borran las fronteras entre lo masculino y lo femenino, entre lo "decente" y lo "provocador", entre lo "aceptable" y lo "desafiante".
Por otro lado, en un contexto en el que lo "kitsch" o "exagerado" suele ser juzgado con desprecio, este estilo ha rescatado esos elementos y los ha elevado, resignificando lo que se considera "cool". En lugar de adherirse a las normas estéticas dominantes, que suelen privilegiar la sobriedad, la discreción o lo "clásico", la guaracha propone una visión completamente diferente de lo que es deseable o valioso. Lo que antes era considerado "de mal gusto" o "excesivo", ahora se convierte en una declaración de identidad y una afirmación de poder. El color, el brillo, el exceso de texturas y de detalles no solo son una forma de vestir, sino una forma de resistir. Es como si la guaracha desafiara abiertamente la jerarquía estética que asocia la clase social alta con la moderación y el buen gusto, sugiriendo que lo verdaderamente cool radica en la capacidad de ser audaz, de jugar con la moda y de hacerla propia.
Este giro en la estética también tiene un fuerte componente de revalorización de la cultura popular. Mientras los technotombos se han apropiado de ciertos códigos de "elegancia", la guaracha ha tomado lo "popular" y lo ha transformado en un estilo que no solo es auténtico, sino también rebelde. Aquí, lo "cool" no está definido por la exclusividad, sino por la capacidad de apropiarse de lo que se tiene a la mano y hacerlo brillar con un toque de autenticidad e irreverencia.
La guaracha se presenta como un espacio vibrante y disruptivo donde la identidad se convierte en una performance constante. Aquí, las normas de género y estética se disuelven, permitiendo que los participantes jueguen con sus versiones más atrevidas, desafiantes y libres. Más allá de ser una simple fiesta, la guaracha es un ritual de transformación, un espacio de exploración identitaria donde lo "excesivo" y lo "kitsch" no solo son bienvenidos, sino celebrados. En este contexto, lo queer no solo se infiltra, sino que redefine lo que es "cool" y "deseable", rescatando lo popular y rebelde para reconfigurar las jerarquías sociales y estéticas. La guaracha, como performance, es una resistencia creativa, un grito de libertad que borra las fronteras entre lo aceptable y lo provocador.
Carta de la semana:
💌Queridísima amiga, está bien si la guaracha no es lo tuyo y si tu estilo se aleja completamente de este caos aletoso, pero déjame decirte que hay algo absolutamente fascinante en esta explosión de colores y caos. Es un fenómeno cultural que no solo es para mirar, sino para sentir, para vivir. Por eso lo propuse como tema de la semana: porque todas esas estéticas, por extravagantes que parezcan, vienen de procesos históricos y sociales profundos que merecen ser reconocidos. Conocerlas te abre los ojos a una nueva dimensión, y si de alguna manera te ha picado la curiosidad, ¿por qué no te dejas llevar un poco? Tal vez que se alinee con tu propio estilo. Porque al final, ¿no es esa la verdadera esencia de la moda y la identidad? Probar, arriesgar, reinventarse. 💌
Por: Stargirrrl